Óscar Bernardo Rivera García

San Luis Río Colorado es uno de los 72 municipios que comprenden el estado de Sonora, México, y también uno de los 10 municipios fronterizos de Sonora que colindan con Estados Unidos de América. San Luis Río Colorado (SLRC), según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) (2025), contaba con 199, 021 personas para el año 2020. Se trata de un municipio considerado como urbano, pero con la peculiaridad de ser municipio fronterizo. Con base en el Inegi, el municipio de SLRC ocupa el 4.96% de la superficie del estado de Sonora y cuenta con 574 localidades. Colinda al norte con el estado de Baja California y los Estados Unidos de América; al este con los Estados Unidos de América y el municipio de Puerto Peñasco, al sur con el municipio de Puerto Peñasco y el Golfo de California, al oeste con el Golfo de California y los Estados Unidos de América.
San Luis Río Colorado como municipio fronterizo del norte de México significa para la población que habita en él, entre otras muchas explicaciones, una metáfora viva en donde la patria se vuelve porosa, la identidad se negocia todos los días y el idioma español se mezcla con el inglés, idioma resignado a entender el español. Implica vivir una doble temporalidad: la del reloj nacional, con sus himnos, ceremonias cívicas y su retórica de soberanía, y la del reloj transnacional, que marca la hora del dólar, del empleo que paga en dólares, del envío de remesas y de la promesa sobre que, “cruzar al otro lado” siempre es mejor.
Un espacio fronterizo como SLRC puede ser considerado también como un laboratorio de desigualdades donde se exhibe con mayor crudeza la distancia entre el discurso del desarrollo y la experiencia real de quienes habitan el espacio. El estado –así, con minúscula– tiene una presencia intermitente y difusa en lo que respecta a seguridad pública, atención integral o servicios públicos para grupos de personas de atención prioritaria. Basta tomar en cuenta lo que publica Moreno (2025) “San Luis Río Colorado encabeza los municipios más violentos con 123 homicidios dolosos, 23 desapariciones y un incremento del 135% en casos de narcomenudeo en los primeros meses de 2025” (párr. 1). Como resultado de esa realidad, el gobierno del estado instaló el Mando Único para San Luis Río Colorado por segunda ocasión[1].
En el mismo sentido, Cubillas (2024) publica información relacionada con el Índice de Desarrollo Humano (IDH) considerado para San Luis Río Colorado “El IDH de San Luis RC se ha estancado en el periodo de 2010 al 2020, al pasar de 0.754 a 0.753, respectivamente” (párr. 1). El IDH, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), “es una medida que resume del logro promedio en dimensiones clave para el desarrollo humano: una vida larga y saludable, un nivel de vida digno y un nivel de vida adecuado” (ONU, 2025, párr. 1).
El IDH calcula la esperanza de vida que tienen las personas en determinada región, también evalúa la escolaridad a partir del promedio de años de escolaridad y mide el ingreso económico. El cálculo se interpreta a partir de un valor entre 0 y 1, entre más cercano al 1, el IDH es alto; entre más cercano al 0, el IDH es bajo. Cubillas (2024) reporta para SLRC en cuanto a salud un IDH 0.886; para educación 0.633; y para el ingreso económico 0.76. Particularmente, en el ámbito de educación, el municipio fronterizo presenta un rezago importante ya que se calculó la escolaridad promedio en 8.93 años. Esto último significa que la escolaridad promedio en SLRC es, en teoría, casi 9 años de estudios (6 años de primaria más 3 años de secundaria inconclusa).
Vivir en una ciudad fronteriza que está por alcanzar 200 000 habitantes, implica sortear muchos obstáculos mientras se va construyendo un posible futuro. Sobre todo si pensamos en las juventudes. Vivir en una ciudad fronteriza como San Luis Río Colorado, para las juventudes puede significar que, el tiempo no camina derecho, sino en círculos. Significa habitar un espacio social de alta densidad estructural donde conviven de manera intensa procesos económicos globales, regímenes de control migratorio, mercados laborales flexibilizados y dinámicas culturales transnacionales. Se trata de un campo social fronterizo que produce formas muy particulares de identidades juveniles.
Para los jóvenes, la inserción laboral en contexto de frontera ocurre mayoritariamente en sectores como la maquila, comercio informal, turismo, servicios fronterizos y economías ilegales. A lo anterior se le suma la violencia presente en SLRC que significa para los jóvenes una permanente incertidumbre y riesgo, donde sus cuerpos son simultáneamente fuerza de trabajo, objeto de sospecha y potenciales víctimas. Vivir como joven en la frontera norte de México implica habitar un territorio de promesas globales con condiciones locales de precariedad, donde la vida se va definiendo entre el trabajo flexible, la movilidad frustrada de quienes buscan “cruzar al otro lado”, la violencia normalizada y la búsqueda constante de sentido. Vivir en frontera es una forma específica de existir en el capitalismo contemporáneo, donde la juventud se convierte en un recurso productivo desprotegido y en una realidad que se va desvaneciendo ante la inactividad de los gobiernos.
Tomamos como ejemplo la historia de Santiago[2], un joven originario de San Luis Río Colorado que no supo decir con certeza cuántas veces lo habían corrido de la escuela, ni cuántas veces había cruzado la línea, ni cuantas noches había dormido con una pistola bajo la almohada. Lo único que recordaba era que siempre le había gustado estudiar, pero las oportunidades no alcanzaron sus sueños.
Desde niño siempre fue bueno con los números, las multiplicaciones le salían solas, como si alguien se las soplara desde dentro del cráneo. Pero también fue muy temperamental, y esa es una condición que no se cura con cuadernos, regaños, castigos o exhibiciones. Lo corrieron de una escuela, luego de otra y otra, y cada vez el barrio lo recibía con la misma ceremonia: una palmada en la espalda, un cigarro compartido, una promesa de respeto que siempre terminaba en golpes.
El barrio donde creció y vivió Santiago es uno más de los que están arraigados en San Luis Río Colorado y en donde se vive la cholada. Ahí creció, entre casas de bardas bajas y calles donde los pleitos se heredan como los apellidos. La figura materna siempre estuvo presente y se manifestaba con manos tibias, comida caliente y una paciencia que parecía inagotable. A veces le preparaba pollo al vapor, y Santiago sentía que ese sabor era lo único limpio que le quedaba en el mundo.
La primera vez que Santiago participó en una pelea de barrios, lo golpearon hasta casi matarlo, tenía doce años. Fue en un parque. Lo rodearon entre varios y le pegaron con palos de golf, como si estuvieran jugando a romper un cuerpo en vez de una pelota. Estuvo una semana en coma, suspendido en un sueño espeso donde escuchaba voces que no eran de nadie. Cuando despertó, tenía un diente menos y una certeza nueva que le decía que en los barrios no se llora, se cobra. Y se cobró.
Vinieron las pistolas, las venganzas, las noches de correr sin saber por qué, solo por no quedarse quieto. A los quince años ya tenía arma propia, la consiguió empeñada en doscientos pesos, como si la muerte pudiera comprarse en abonos en San Luis Río Colorado. Después vinieron las drogas, primero como juego, luego como costumbre. La mariguana le borraba el miedo y las pastillas le borraban el futuro. A veces salía de trabajar –llegó a trabajar en una maquiladora–, y de ahí directo a perderse en la esquina, donde la vida se reducía a fumar, reírse y esperar nada. De pronto, en esa ciudad fronteriza, Santiago se acordó que hay línea, que hay frontera, o como él la llama “el canal”.
El canal es una cicatriz larga en la frontera, un cuerpo de agua sucia que conocía todos los secretos de quienes se quedaban contemplando mientras compartían el cigarro de mariguana. Muchas tardes se sentaban en lo alto del canal y observaban atentos los movimientos, los minutos en el reloj, los cambios de guardia de la patrulla fronteriza. Ensimismados en el sueño transparente que produce la mariguana, registraban cada uno de los movimientos y de los espacios que contenía el canal.
Ahí Santiago aprendió a cruzar gente, a medir los segundos entre un migra y otro, a esconderse en sótanos ajenos, a regresar a México como si nada hubiera pasado.
“Diez minutos para ir, diez minutos para volver”.
Como si el mundo tuviera una puerta mal cerrada. La primera vez que hizo “el jale” le pagaron cuatrocientos dólares. Se sintió rico. Se sintió invencible. Se sintió importante. Pero el canal también aprendía.
Santiago siempre creyó que vivir en frontera era una cosa inmóvil, que la frontera –esa línea física y simbólica– era una línea dibujada por alguien que nunca había estado ahí. Con el tiempo, entendió que no, la frontera respiraba. A veces lento, a veces agitada, a veces con una neblina tan espesa que parecía que el mundo estaba a punto de desaparecer.
Cruzando gente para el otro lado conoció palabras nuevas para las personas: “pesados si eran gordos o viejos, ligeros si eran flacos”. El cuerpo se convertía en mercancía, el peso y la complexión determinaban la posibilidad de existir del otro lado. El canal era un laberinto estudiado y conocido, representaba una barda, un cerco, un puente quemado, lugares para esconderse mientras pasaba la migra. Todo había sido memorizado en su cuerpo.
Un mes de septiembre, mientras la ciudad del lado mexicano celebraba la independencia del país, Santiago se escondía en la casa de un perro, empapado, esperando que los agentes de la migra no lo miraran. Esa vez dejó que lo agarraran. No corrió. No gritó. No peleó. Solo se quedó quieto, como si ya estuviera cansado de cruzar. Salir airoso de esa primera captura, solo le significó decir que era menor de dieciocho años. Las autoridades gringas tuvieron que regresarlo a México y dejarlo ir. En México, su mamá se hizo responsable de él ante las autoridades. Tanía solo dieciséis años.
Ahora, cuando recuerda su trabajo cruzando gente, ya no visualiza una línea fronteriza. Lo que ve es un animal cansado, respirando cansado, despacio, esperando que alguien más vaya e intente cruzarla. Hay fronteras que no están en los mapas, sino en el cuerpo. Y esas –lo ha aprendido– no se brincan dos veces sin perder algo en el intento.
Santiago nunca supo en qué momento exacto se le había ido la vida de las manos. A veces pensaba que fue cuando subieron al taxi, otras cuando el cuchillo brilló por primera vez bajo la luz amarilla del semáforo. Pero casi siempre llegaba a la conclusión de que no fue un instante, sino una costumbre. El taxista no murió, pero quedó sin tres dedos, y eso era una forma lenta de morir todos los días. Santiago lo sabía, aunque nunca lo dijo en voz alta. Esa noche que asaltaron al taxista y se apoderaron de su auto, también atropellaron a otro hombre, y antes habían asaltado a alguien más que caminaba con una bolsa de pan bajo el brazo. Iban drogados, descompuestos, creyéndose inmortales.
La muerte no se quedó con él, se quedó con su amigo. Era como su hermano. Lo llamaban El gordito, aunque de niño había sido flaco y silencioso. Lo mataron por venganza. Alguien que conocía al taxista reconoció a los ladrones y decidió cobrarse con sangre lo que la ley no alcanzó. Al gordito lo mataron un mes de noviembre, pero la mamá de Santiago se lo dijo hasta el mes de enero, como si retrasar la noticia pudiera retrasar el dolor.
Cuando Santiago se enteró de la muerte de su amigo, lloró sin pudor, con el cuerpo entero, como si las lágrimas pudieran devolverlo. Le contaron que el funeral fue rápido. Se llevaron el cuerpo a Culiacán, tan lejos que hasta el recuerdo parecía cansado de viajar.
“Si algún día salgo, voy a ir a su tumba”.
Llegó el encierro, el Instituto de Tratamiento y Aplicación de Medidas para Adolescentes, mejor conocido como ITAMA, ahí, en ese municipio fronterizo, era para Santiago un lugar donde los días tenían el mismo color y las noches sabían a metal. El primer día encerrado no fue dramático. No hubo gritos ni golpes. Solo una celda fría, un número, y la sensación extraña de que el mundo seguía funcionando sin él. A los tres días ya se había peleado con alguien. A los cinco meses ya se había peleado cinco veces. Era como si su cuerpo no supiera estar quieto. Pero luego algo se rompió.
No fue una revelación o epifanía. Fue el cansancio. El cansancio de siempre perder. El cansancio de sobrevivir. El cansancio de ser el mismo. Una tarde descubrió que el encierro no era solo un “castigo”, sino una pausa. Como si el tiempo, la ciudad y las personas, por primera vez, se hubieran permitido reconocerlo y esperarlo.
Durante el encierro Santiago terminó la preparatoria. Aprendió a soldar, tejer y a escribir canciones de hablan de amores perdidos. Aprendió, sobre todo, a estar solo sin huir. Tejer y escribir canciones era lo que más disfrutaba, tal vez porque, por primera vez en su vida estaba creando, construyendo en lugar de destruir. Tejer lo hacía porque las manos necesitaban algo que no fuera golpear, robar, sostener armas. Tal vez porque el hilo, a diferencia de la vida, obedecía. Uno lo tensaba y el hilo no se iba. Uno lo anudaba y el nudo se quedaba.
A veces pensaba en El Gordito. Se imaginaba que, si estuviera vivo, se burlaría de él por estar tejiendo. Pero luego recordaba que no había burla posible desde la muerte. El encierro no cambia la esencia de quienes somos. A Santiago no lo hizo santo, pero le enseñó que el tiempo también puede servir para reparar, no solo para castigar.
Le faltaban seis días para salir cuando se dio cuenta que ya no soñaba con pistolas, sino con posibilidades. Quería que su mamá dejara de preocuparse. Quería estudiar. Quería trabajar. Todavía no concebía la posibilidad de por fin salir del encierro. Pensar en salir y seguir luchando en una ciudad fronteriza donde aún existe ese canal llamado frontera.
San Luis Río Colorado y el canal estarán ahí para cuando Santiago salga. Se encargarán de recordarle que, ser joven en una ciudad fronteriza puede significar un permanente aprendizaje para cruzar su propia vida sin correr.
Para los jóvenes que viven en frontera, la vida no es estar entre dos países, es estar todos los días entre dos versiones de uno mismo. Una que los va a querer jalar para atrás y otra que, con mucho trabajo, aprende a quedarse.
La historia de Santiago es una historia entre muchas que suceden en la ciudad fronteriza de San Luis Río Colorado. Entre la diversidad de historias de los jóvenes que intentan sobrevivir en un espacio tan peculiar como la frontera norte de México, se comparten varios elementos que influyen en su día a día. En primer lugar se comparte una normalización de la violencia, en segundo lugar se comparte un proceso de precariedad, y en tercer lugar se comparte una búsqueda constante de saber quiénes fueron, quiénes son y quiénes podrían llegar a ser.
Crecer o intentar vivir en un contexto donde se ha normalizado la violencia implica aprender a temprana edad que un estruendo puede ser festejo o balazo, que la sirena no siempre anuncia auxilio y que el silencio, ese silencio largo, suele ser la peor noticia. La violencia deja de ser ruptura del orden y se convierte en su forma más estable. No es que la juventud celebre la violencia, más bien la incorpora a su día a día. La integran a su rutina y empieza a perderse la capacidad de asombro. El lenguaje se ajusta y se administra para evitar el temblor moral. Palabras como “levantón”, “daño colateral”, “topón”, entre otras; y los cuerpos tirados en la primera plana de la nota roja, compiten, sin éxito, con el meme del día. En este momento es cuando la normalización ocurre diluyendo la capacidad de escándalo. La violencia se vuelve normal no porque sea aceptada, sino porque, para sobrevivir, hay que seguir viviendo como si no lo fuera.
En cuanto al proceso de precariedad, no se trata de un salario insuficiente o la ausencia de empleo, significa una cultura del reemplazo. El empleo en maquilas, en servicios o en economías ilegales comparten la vocación de ser provisionales y esto reduce las expectativas materiales y redefine la identidad. Los jóvenes pertenecen a un territorio fronterizo que les exige productividad sin derechos y esperanza sin garantías. Aquí está la precariedad.
Tanto la normalización de la violencia, como el proceso de precariedad, les dice a los jóvenes quiénes han sido y quiénes son. Para saber quiénes podrían llegar a ser, se necesita hacer un ejercicio de reflexión que profundice en las acciones o estrategias que se requieren para garantizar un futuro diferente, un futuro que se amolde a las necesidades de ese espacio fronterizo donde tocó vivir.
Atender las necesidades estructurales de las juventudes que habitan la frontera norte de México es un trabajo colectivo, sí, pero aún más importante, debe ser un trabajo encabezado por acciones desde el estado que no respondan a criterios asistencialistas, sino a un imperativo de justicia social, cohesión territorial y sostenibilidad democrática. Las juventudes en frontera enfrentan trayectorias sociales condicionadas en donde los caminos son estrechos y las opciones reales son mínimas.
Acciones o estrategias encabezadas por el garante de atender las necesidades mínimas para un desarrollo integral de toda la población, significa no basarse en estadísticas, sino en algo más profundo como la posibilidad real de que un joven pueda imaginar, construir y habitar un futuro distinto al que el contexto fronterizo le puede tener asignado. Estrategias que ayuden a interrumpir las transmisión intergeneracional de la precariedad y que les permita transformar subjetividades marcadas por el abandono y producir condiciones materiales para una vida digna.
Referencias
Cubillas, V. (2024, 24 de junio). San Luis Río Colorado se estanca en desarrollo humano; educación, la gran rezagada. Tribuna de San Luis. https://oem.com.mx/tribunadesanluis/local/san-luis-rio-colorado-se-estanca-en-desarrollo-humano-educacion-la-gran-rezagada-13161368
Gobierno del Estado de Sonora. (2025, 08 de abril). Gobierno de Sonora decreta mando único en San Luis Río Colorado. Sonora Digital. https://www.sonora.gob.mx/gobierno/acciones/dependencias/gobierno-de-sonora-decreta-mando-unico-en-san-luis-rio-colorado
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). (2025). Censo de población y vivienda 2020. https://www.inegi.org.mx/app/areasgeograficas/?ag=26#tabMCcollapse-Indicadores
Moreno, G. (2025, 17 de julio). San Luis Río Colorado, el municipio fronterizo más violento de Sonora. El Sol de Hermosillo. https://oem.com.mx/elsoldehermosillo/policiaca/san-luis-rio-colorado-el-municipio-fronterizo-mas-violento-de-sonora-24804605
Organización de las Naciones Unidas (ONU). (2025). Informes sobre desarrollo humano. ONU. https://hdr-undp- https://translate.google.com/translate?u=https://hdr.undp.org/data-center/human-development-index&hl=es&sl=en&tl=es&client=srp
[1] Se trata de una estrategia de seguridad pública implementada por el gobierno estatal que centraliza y coordina la policía municipal bajo una jefatura. Dicha estrategia implica que el Secretario de Seguridad Pública del estado, asume el mando operativo de la policía municipal de San Luis Río Colorado (Gobierno del Estado de Sonora, 2025)
[2] Esta historia es retomada y adaptada de varias entrevistas realizadas en el Instituto de Tratamiento y Aplicación de Medidas para Adolescentes (ITAMA) de San Luis Río Colorado que formaron parte del proyecto de investigación que llevó por título Diagnóstico fronterizo de niños, niñas y adolescentes migrantes en conflicto con la ley. Proyecto registrado en la Universidad Autónoma de Baja California. El nombre utilizado es ficticio y se omite toda información que permita una posible identificación de las personas entrevistadas. Todas las entrevistas realizadas se hicieron salvaguardando la integridad de los participantes y con el consentimiento informado.
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